El Camino de Santiago: otra procesión del Viejo al Nuevo Mundo

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Desde el principio de la cristiandad, peregrinar por Europa hacia el Santuario de Compostela en La Coruña (Galicia, España) fue una tradición y una experiencia profunda y conmovedora.
En el Parque Lezama, en Paseo Colón y Almirante Brown, está el Cruceiro: la Cruz de Santiago. Desde allí partió un grupo de gallegos y sus descendientes a la mañana del sábado 26 de julio, para realizar la peregrinación del Camino de Santiago en Buenos Aires.
Participó gente de todas las edades: jóvenes con trajes tradicionales tocando gaita, pandereta y acordeón a piano; con sombreros de peregrinos o con pañuelos típicos. Otros, llevaban estandartes de centros de diferentes comunidades gallegas -algunos ya centenarios- y hacían sonar sus enormes conchas marinas, castañuelas y palmas, cantando tradicionales cantigas.
El Camino comenzó por Paseo Colón. Me sentí muy feliz, era la primera vez que lo recorría, y una calle tan familiar y querida para mí, nos daba paso. Llegamos a la Plaza de Mayo, frente al Cabildo, y con la simbólica pirámide detrás, sobrecogían la música y los cantos de una comunidad que tanto había participado con el desarrollo de nuestra patria. A estas playas los había traído el espíritu de aventuras y, luego, las guerras y el hambre. Habían trabajado y visto crecer a sus hijos. Muchos de ellos, como mi madre, vinieron muy jóvenes y se volvieron “tan de acá” que, viviendo yo en España les propuse a mis padres que fueran y mi mamá me contestó: “Con esos gallegos viví vos; yo estoy bien acá”.
Cuando tomamos por Avenida de Mayo fue como estar haciendo el Camino en la misma España y desde los típicos bares, balcones y veredas todo fue una fiesta de cantos y palmas. Llegamos al Congreso, muchos más se nos habían unido, y me sorprendí al ver gente de nuestro país, del interior (especialmente del Norte) con ojos llenos de emoción; seguramente recordando las procesiones y los festivales de sus pueblos.
Al llegar a las escalinatas de la Facultad de Derecho, un grupo de jóvenes descendientes de gallegos bailaban jotas y muñeiras al son de la banda de gaiteros. Allí se nos unió la delegada de la Xunta de Galicia en Buenos Aires, María Xosé Porteiro, que me preguntó con aire feliz: “¿Qué hacen todos estos gallegos sueltos por aquí?
Estos “gallegos”, al igual que los tanos, los turcos, los rusos, los chinos, los griegos, hacen a nuestra identidad así como los pueblos originarios de nuestro suelo. Una identidad compleja, sin duda. Pero tan rica en su interculturalidad, a veces tan difícil de explicar. La peregrinación siguió para terminar en la Parroquia Santiago Apóstol, en Avenida Libertador y Udaondo, con una misa y una gran fiesta.
Yo los abandoné frente a Canal 7 pues tenía una reunión con el coordinador del Grupo de Jóvenes de San Telmo para trabajar por nuestro barrio -uno de los más heterogéneos de la Ciudad- y construir, entre todos, un sitio más respetuoso.
—Anandi Elba Fernández

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