Educación y participación: Una interpretación extranjera de cómo una comunidad puede hacerse cargo del problema de la basura

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A medida que el Casco Histórico se vuelve una de las zonas cada vez más visibles y populares de Buenos Aires, su problema de basura e higiene pública se hace, cada vez, más urgente. Tanto los residentes como los visitantes lamentan los basurales desbordados de ciertas esquinas y el constante curso de obstáculos que presenta el excremento sobre las veredas. Todos parecen estar de acuerdo en que algo se tiene que hacer, aunque nadie sabe exactamente qué o cómo.


Mientras nuestra nota de tapa trata estas cuestiones en términos más prácticos, quiero resaltar dos principios que podrían apuntar hacia una solución: la participación y la educación. Por todas partes, la basura es un tema que nadie quiere tocar, porque nos obliga a enfrentar el carácter no sustentable de nuestro estilo de vida. Eliminar nuestra basura es una tarea desagradable que relegamos a las autoridades municipales (quienes la pasan a empresas privadas), o a las masas de la pobreza urbana quienes intentan sacar algo de utilidad separando y reciclando nuestros residuos.

No nos gusta la idea de hacernos cargo de nuestra basura, pero la única manera sustentable de solucionar el problema, tanto a nivel individual como a nivel colectivo, es exactamente esa. Esto implica reconocer y tomar responsabilidad por nuestras acciones— o sea, “educación”—y jugar nuestra parte en abordar el problema que generan—o sea, “participación”.

Para ilustrar lo que quiero decir voy a usar los ejemplos de Honolulu, Hawai, y el de San Francisco, California—dos ciudades donde he vivido y observado la relación de una sociedad con su basura.

En la municipalidad de Honolulu la basura es un problema—no tan visible como en San Telmo, pero igual de serio. Honolulu es una de pocas ciudades en los EEUU que no tiene un programa de reciclaje municipal. Además, la ciudad está en una isla pequeña con espacio limitado para depósitos sanitarios. Finalmente, su medioambiente frágil y único está amenazado por la polución acumulada en el ecosistema—el mismo ecosistema de mar, bosques tropicales, y montañas del que su industria principal, el turismo, depende para atraer visitantes. Cada año, la isla produce más basura con cada vez menos espacio para enterrarla. El depósito municipal llegó a su limite, y no pueden excavar más sin contaminar las reservas de agua debajo de la superficie. ¿Qué hacer?

Una respuesta obvia es: reciclar. La mayoría de las ciudades norteamericanas tienen programas de colección residencial para el reciclaje, y mucha gente se asombra al enterarse de que Hawai todavía no tiene ninguno, aunque sí tiene los recursos económicos y sociales para ofrecerlo.

La gente gusta culpar al gobierno y su pereza por esta falta, pero yo creo que también se debe a la falta de participación por parte de los residentes en crear y reclamar soluciones. Hay algo en Hawai que se llama “la mentalidad de la plantación” que se refiere a la época cuando las islas estaban bajo el dominio de plantaciones de azúcar y ananá. Durante esa época gran parte de su población estaba compuesta por trabajadores inmigrantes que no tenían las herramientas políticas y económicas para cuestionar a las autoridades gubernamentales, ni a los capataces de las plantaciones. Al no contar con la opción de trasladarse a un entorno urbano y más democrático, esta población se acomodó a una vida agrícola, tranquila, y apacible.

Con el paso de tiempo, esta realidad produjo el hábito de “deja que el jefe lo arregle” y la costumbre de no hacerse cargo de los problemas en el ámbito público. Uno no puede culpar solamente al gobierno por aprovecharse de este ambiente relajado, aunque la política local de Hawai tiene fama de ser ineficiente, corrupta y poco productiva.
Esta es una dinámica que aparece en muchos lados en los cuales existe un público poco informado, que es igual a un público poco motivado. Y donde hay un público poco motivado, generalmente hay un gobierno poco motivado—o un gobierno motivado más por los acuerdos firmados detrás de puertas cerradas y los arreglos con el sector privado. ¿Suena conocida esta situación?

Mi segundo ejemplo es el de San Francisco, vista por muchos como una ciudad modelo por su gobierno progresista. Tiene el nivel de reciclaje más alto de cualquier ciudad de los EEUU: un impresionante 68 por ciento de toda su basura municipal. De cada 10 toneladas de basura producida, ¡7 son recicladas! Pero esta no es solamente una cuestión del gobierno haciéndose cargo de reciclar la basura—en realidad es la gente la que hace que esto ocurra. La importancia de reciclar está incorporada a la cultura local. Aún cuando uno está tirando algo en casa ajena, automáticamente pregunta dónde están los contenedores de [aluminio/plástico/papel], y en muchos casos, la gente tiene receptáculos de abono en sus cocinas para reciclar residuos orgánicos.

Aún si se puede atribuir algo de este fenómeno a un gobierno responsable, muchos dicen que son los residentes de San Francisco quienes han dado forma a un gobierno que es responsable y sensible a las demandas de ellos. Esto es, en parte, porque San Francisco tiene una larga tradición de activismo y participación en los procesos políticos. Desde los años ’60, cuando San Francisco era un bastión de los movimientos para los derechos civiles y de la lucha anti-guerra, los habitantes de la ciudad han desarrollado una sana costumbre de organización y protesta que incluye a todas las capas de la sociedad. Hoy la ciudad tiene uno de los sectores ONG/filantrópico más arraigados del país, y una cantidad de iniciativas populares plasmadas en ley que abarcan temáticas que van desde los derechos de inmigrantes hasta la salud medioambiental (vale la pena mencionar que los colectivos de San Francisco son eléctricos, y no crean polución aérea ni sonora).

Para mí, el éxito de San Francisco está ligado a los dos principios que menciono arriba: educación y participación. La ciudad tiene medios de comunicación diversos, centenas de publicaciones independientes, programas de radio y sitios de Internet, que ayudan a mantener al público bien informado. Además cuenta con una red de organizaciones sociales que asombra. Uno podría decir que la tendencia de la gente de no confiar en el gobierno ha producido una población que se hace cargo de educarse a sí misma, en vez de depender de las autoridades para obtener información y soluciones.

Dado que la gente está informada, tiene las herramientas necesarias para crear iniciativas que satisfacen sus demandas sin necesitar que una crisis los empuje a la acción. En Argentina, después de la crisis del 2001, hubo una movilización popular cuando cooperativas, asambleístas y piqueteros armaron soluciones con sus propias manos. Pero no es necesario que ocurra una crisis para que la gente se organice al nivel comunitario. La educación puede reemplazar la urgencia como catalizador de participación en la vida pública.

Como demuestra la nota de tapa de este número, existen alternativas y soluciones para nosotros, los ciudadanos, si realmente queremos enfrentar el problema de la basura. Y como los ejemplos de Hawai y San Francisco ilustran, no es una cuestión de estar en el Primer Mundo, sino de estar lo suficientemente informados y motivados para participar en la vida pública y así determinar cómo los problemas que compartimos todos se pueden solucionar.

Ciertos problemas se prestan a la participación ciudadana, porque tienen sus raíces en nuestras vidas privadas. Hay muchas medidas que empiezan en el ámbito privado: podemos comprar botellas de vidrio y evitar el plástico en lo posible; también podemos llevar una bolsa de mandados al supermercado en vez de llenarnos de bolsitas de plástico. La comunidad, como concepto social, existe siempre en la frontera entre lo institucional y lo privado. Una vez que se esclarecen las motivaciones y demandas de una comunidad, se vuelve cada vez más difícil para las autoridades ignorar sus reclamos.

San Telmo tiene la oportunidad de ser un ejemplo para el resto de la Ciudad de Buenos Aires; un ejemplo de lo que sucede cuando la gente toma el tiempo para educarse sobre sus opciones, y participar en crear soluciones. —Catherine Black

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