El Británico: un bar de ayer. Fotoensayo de Marcelo Sommma, Texto de Nora Palancio Zapiola

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Los de siempre/ los de vez en cuando/ los que oyeron hablar de él/ los que cuando la ciudad cierra se esquinaban en sus pasares-deshoras-frío-amores-desamores/ los que iban porque la caña seguía siendo caña y más rica, o porque el fernet venía con yapa/ los que preferían la luz intensamente blanca para desayunar/ los que papel y lápiz en esas mesas hacían creer que trazaban un escrito que sería exitoso-bueno-malo-mediocre, o que no lo sería/ los que no querían parecer tan solos como la luz de tubo los declaraba estar/ los que hacían sus partidas de ajedrez sin saber que se estaban jugando la más importante—se les cae una torre y justo un tipo entra al baño y la pisa—/ los que se conocieron ahí/ los que se abandonaron ahí/ los que se emborrachaban con la única culpa de la risa/ los que sentían que ese bar no era el más lindo. Pero…

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Fuimos todos. El Bar Británico se cerraba, se dijo. Era 6 de marzo, 2006. El reloj de arena seguía su curso en la esquina de Brasil y Defensa y cantidad de seres respirando el apuro por hacer, nos juntamos en asamblea. En rondas, tal zardanas, parados y amuchados, porque el bar quedó chico, porque el pueblo quería saber de qué se trataba. Y se supo: podíamos hacer algo por nuestro patrimonio, por nosotros.

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La señora Justicia nos conoció sirviendo café en la puerta de sus tribunales. Convocamos a funcionarios. Pedimos leyes, audiencias. Llevamos las llaves de casa el día que los gallegos iban a entregar la llave de su bar. El suyo durante 46 años. Hablamos con el dueño del local: nos dijo que ya se lo había alquilado a otra persona. Simple, su decisión sobre un lugar privado. Al fin y al cabo nos enteramos de que un gallego sí quería quedarse y otros quizá no tanto ya. Entonces, el descubrimiento de cómo uno se apropia de lo que se construye en una esquina cualquiera.

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Ese bar, con sus casi 50 años de respiración, con sus sillas desvestidas de vergüenza y sin barniz, ese mostrador de verdad, esos baños que eran para todos dando por hecha la ley que dice que deben ser públicos a pesar de los carteles de los cafés que la niegan; esos rincones donde, sí, Sábato escribió, Quino usó en su Mafalda, héroes del rock pasaron años de instantes, Patricio Rey peleó y rompió una mesa de un puñetazo, fue tazas del todo y de la nada de intelectuales, el bar, la casa, el rincón, el escondite con vidrio, el amor sin decires, el café de los viejos y de los más jóvenes, el casi único lugar abierto para después de las largas fiestas; fue sillas para los que no consumían—entre ellos valían perros gatos—fue lugar para ir de corbata y también en ojotas; fue jungla de escritores, pintores, anarquistas, taxistas que querían cambiar de asiento en madrugadas de luz tenebrosa, arquitectos, conservadores, ricos, pobres y no sabe no contesta. Casi, quizá, quién sabe, una síntesis de San Telmo.

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En esa amalgama, aparecieron dos historias entre tantas historias: Octavio, el hombre que se vino del Sur, setentoso él, que apenas leyó que se cerraba tomó la ruta porque “¿Cómo no voy a venir si cuando llegué a Argentina acá me fiaban el café con leche y el sándwich?”. A la visita de don Octavio se sumó la de Sabina (sí, Joaquín), a quien le pedimos que se enterara y se diera una vuelta por el Británico. Y el hombre se enteró, fue, firmó un libro y le dijo a los gallegos que estaba con ellos y un día paró su recital para decir a público pleno: “Que no cierren el Británico, carajo”.

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Otra vez se instalaba la mentirosa guerra entre lo público y lo privado. Lo privado, dice la ley, es público cuando la gente lo hace público, lo hace patrimonio-tangible-intangible-histórico-cultural.

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Errados o no, qué importa, se peleó por un espacio. Un espacio en el Casco Histórico, donde debe existir la preservación para preservar nuestras ilusiones, de paso. Errados o no, se peleó por las emociones. El dinero, la especulación inmobiliaria, las internas, el engaño, quedaban fuera de la emoción. Algunos decíamos que el Británico cerraría el día que Manolo—dueño y mozo—dejara su bandeja. Y con sus ojos enamorados de la tristeza la dejó. Junio de 2006. Viernes helado de madrugada, policías, abogados y gente de traje gris.

Hoy estas fotos y estas letras brindan en café en vaso por los lugares que construimos, por las ilusiones, por lo que es nuestro aunque sea de otros. Aunque, se sepa, los bares notables sí viven con el dinero de todos.

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So, brindamos por lo que soñamos, por lo que queremos, por el avance sin atropello y porque no podemos aprender a amar maquetas de aquello que fue.

—Nora Palancio Zapiola

 

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Una respuesta to “El Británico: un bar de ayer. Fotoensayo de Marcelo Sommma, Texto de Nora Palancio Zapiola”

  1. jorge Says:

    proximamente viajare a Argentina y deseo poder encontrarme con Manolo. Hace muchos años (más de 25) pasaba todas las noches por el Británico, por lo general lo hacia entre las 4 y las 6 de la mañana y solía charlar mucho con el querido Manolo. El me llamaba por el apodo de “Gallegito”. Sería usted tan amable de informarme de qué manera contactar con Manolo. Desde ya muchas gracias…

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