¿Adiós a los colectivos?

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Todo empezó con un clérigo enojado que salió a la calle con un silbato en mano. Un buen día, el padre Francisco Delamer se colocó en medio de la calle Bolívar donde enfrentó a los temidos gigantes del transporte porteño, los colectivos, obligándolos a desviar su recorrido. Su intención era proteger su iglesia, la jesuítica de San Ignacio, que es del año 1734 y la más antigua de la ciudad. El padre temía que se desplomara una del las torres si continuaban pasando por ahí los micros.

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La valiente acción del padre pone punto de comienzo a un movimiento ciudadano, para poner límites al tránsito de colectivos en el casco histórico porteño. Y como todo movimiento, éste cuenta con múltiples variantes y algunos detractores.

En lo que va al gesto del padre Delamer, el desenlace fue feliz. En abril 2003, un operativo municipal aseguró que se modificaran permanentemente los recorridos de nueve líneas, cuyas unidades en adelante evitarían el perímetro de la Manzana de las Luces haciendo unas cuadras de más por Diagonal Sur.

Más recientemente, el padre Delamer fue trasladado a la parroquia de San Cayetano en Belgrano, pero su ejemplo cundió en la zona. En San Telmo se repiten insistentemente las protestas demandando que se haga algo parecido y se trasladen los recorridos de los colectivos a avenidas o vías más periféricas.

Durante estas protestas, bajo el lema “Colectivos no, autos sí,” se corta el acceso a los colectivos que pasan por el barrio, mientras las cámaras de Crónica TV transmiten las querellas de los manifestantes.

Asambleístas y anticuarios
Detrás de esta campaña están dos grupos influyentes: la Asociación de Anticuarios y la Asamblea Popular de San Telmo. Ellos han organizado las protestas y han ejercido presión conjunta sobre la ciudad para conseguir su propósito.

Esta inusual alianza entre asambleístas y anticuarios se ha dado porque ambos coinciden en ver a los colectivos como un peligro para la seguridad de peatones (ponen énfasis en que los colectivos a veces se suben a las veredas por la estrechez de las calles). También consideran a los colectivos una amenaza para la integridad arquitectónica del casco histórico.

En un reciente número de la revista digital La Maza, publicación de la asamblea, se enumeran los problemas que se atribuyen a los colectivos:

“Edificios con grietas, balcones con desprendimientos, la contaminación sonora que supera la cantidad de decibeles admitidos por la OMS (Organización Mundial de Salud) y la contaminación del aire ocasionada por los motores de los micros, el riesgo de accidentes a la salida de los colegios …”(diciembre 2006/enero 2007).

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En una de las sedes de la asamblea en la esquina de México y Chacabuco, Ana Melnik señala hacia una ventana mientras es entrevistada para este artículo.

Del otro lado suenan los motores de los colectivos que acaparan Chacabuco en la hora pico. El vidrio de la ventana vibra en su marco. “Yo vivo en Piedras” dice, “A mí me rajó un vidrio la vibración … Casi no se puede hablar. En hora pico, esta calle parece un tren de colectivos. Nosotros queremos que sigan pasando autos, taxis, incluso mini-buses. Pero los colectivos pesan 15 toneladas, son monstruos.”

Por su parte, la Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo pide hace más de dos años que se rediseñen los recorridos de las líneas.

Juan Carlos Maugeri, presidente de la asociación, recalca que los anticuarios no piden la restricción por motivos económicos. “Para nosotros, si pasan o no los colectivos es irrelevante del punto de vista comercial. Básicamente es un tema de seguridad, para prevenir accidentes. Los colectivos pasan a 20 centímetros de las veredas, que ya en sí son estrechas. Algo hay que hacer”.

Sin embargo, Maugeri admite que no es fácil equilibrar la urgencia de rediseñar recorridos con las necesidades de residentes que dependen del transporte público. Baraja algunas alternativas: colocar lomas de burro, o más semáforos desincronizados para que los colectivos forzosamente tengan que disminuir la velocidad.

Antecedentes
Ya en 2003, en la gestión del Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, se estudiaba seriamente un rediseño integral del transporte, desde Plaza de Mayo hasta Parque Lezama. La propuesta fue autoría de la Directora de la Dirección del Casco Histórico, la arquitecta María Rosa Martínez.

Según Martínez, su proyecto, que contemplaba las dinámicas del transporte en toda el área de intervención de su dirección, preveía redistribuir las líneas más racionalmente entre las calles que atraviesan San Telmo, desplazando algunas líneas hacia Bernardo de Irigoyen y Paseo Colón. La intención era alejar lo mínimo posible las líneas para no incomodar a residentes, pero aliviar calles sobrecargadas como Bolívar, donde actualmente pasan cinco líneas.

La parcialmente adoquinada calle Defensa sí quedaba totalmente libre de colectivos bajo este plan, desviando las líneas 29 y 22 a otro recorrido.

También se preveían carriles únicos para algunos, un reordenamiento del estacionamiento, y una política más clara acerca de horarios de carga y descarga.

El plan estaba encaminado y se pensaba implementar, pero se perdió de vista durante los sacudones institucionales que sufrió el gobierno de la ciudad a partir del 2004.

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Aunque piensa que habría que actualizar el plan, Martínez considera que sigue siendo “fundamental” reorganizar el tránsito de colectivos en el casco histórico. Y piensa que una redistribución como la que contemplaba su plan es más factible y será más efectiva que otras propuestas que han surgido, como la de desviarlos por las avenidas, y así forzar a hacer un recorrido “serpenteante”.

También sigue circulando entre los despachos y comisiones de la legislatura de la ciudad un anteproyecto de ley del legislador Sebastián Gramajo (Frente Para la Victoria). El proyecto contempla la creación de una comisión de la que formarían parte ciudadanos, funcionarios porteños y nacionales, y representantes gremiales, para estudiar el tema del transporte en el casco histórico y consensuar una solución.

Por su parte, el legislador Gramajo, residente de Monserrat, opina que habría que hacer algo porque el trazo de calles de San Telmo, de origen colonial, no ofrece suficiente espacio para las maniobras que precisan hacer los colectivos.

Voces díscolas
Lo más seguro es que cualquier propuesta de cambio tendrá que sortear oposición.

Primero porque residentes están acostumbrados al acceso fácil al transporte que es uno de los puntos atractivos del barrio. En San Telmo, donde las estaciones de subte distan de estar en lugares centrales, miles de personas dependen del colectivo. Cuando se trata de personas mayores, familias con niños pequeños, o discapacitados, cualquier distanciamiento de las líneas significaría un cambio drástico. También, kioscos y bares que dependen de las paradas de colectivos para alimentar su flujo de clientes, podrían verse perjudicados.

Cuando en el 2003 salieron en la prensa detalles del plan municipal para reordenar el tránsito en el casco histórico, el primer organismo que se opuso fue la Federación Argentina de Transportadores por Automotor de Pasajeros.

El presidente calificó a la idea como un “delirio”. Precisó que jubilados se verían obligados a caminar ocho cuadras para tomar el colectivo, y dijo que la ciudad tendría que preocuparse por nivelar asfalto y reparar pozos si pretendía minimizar vibraciones.

Más recientemente, ha surgido en San Telmo un grupo que apoya a los colectivos. Articulado por la asociación vecinal República de San Telmo, el grupo emitió un comunicado donde se resalta el valor histórico de los propios colectivos.

“Recordamos los primeros transportes”, dice el comunicado—”pocos asientos, el colectivero, la máquina de boletos, el monedero lleno de monedas de cinco ‘guitas’, el espejo biselado, el banderín del club favorito, la palanca de cambios con la bola de dados, el parasol fileteado, los pasamanos nacarados…”

El presidente de la asociación, Manuel Fernández, organizó una reunión el 13 de abril, y se recolectaron firmas de vecinos que se oponen a la retirada de colectivos.

Según Fernández, éstos son imprescindibles, no solo para personas mayores y discapacitados, sino para la vida económica y social del barrio, que se convertiría en un “barrio fantasma” sin colectivos.

Sin embargo, tampoco Fernández se muestra reacio a medidas intermedias, como el rediseño de algunos recorridos o la implementación de colectivos más pequeños sujetos a controles más estrictos.

Desde el Museo de la Ciudad, el arquitecto José María Peña opina que habría que avanzar con cautela al contemplar cualquier alteración al recorrido de los colectivos.

“Bajarse de un colectivo en Perú y México no es lo mismo que bajarse en Bernardo de Irigoyen. Son colectivos que van a lugares claves. Tenemos el privilegio de vivir en un centro histórico vivo, y el hecho de que un medio de locomoción pase es lo que da vida al barrio … Hay otros problemas: pasan los ómnibus turísticos, los camiones de repartición. ¿Vamos a controlar éstos también? ¿Y en cuanto a la velocidad y tamaño excesivos, para que existen las ordenanzas? ¿Exactamente cuál es el tamaño oficial de un colectivo?”

Los colectivos son historia

En su Historia del Colectivo (CEAL, 1971), Horacio N. Casal recuerda que la primer línea de colectivos de la ciudad, justamente llamada “la primera”, comenzó a operar en 1928.

Habría que estimar la contribución de los colectivos al quehacer porteño a lo largo de ochenta años, y no transformarlos en los malos de la película.

Aunque sea necesario modificar recorridos, vehículos, o normas, e imponer estrictos controles de velocidad, esto no quiere decir que los colectivos desaparezcan de la vida diaria del barrio. Quizá sea posible estar a favor de la seguridad del peatón, de la preservación del casco histórico y del colectivo al mismo tiempo.

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Una respuesta to “¿Adiós a los colectivos?”

  1. Diego Martín Colombres Says:

    Yo creo, sres editores Marcelo Y Catherine, que si la hay una ley de protección de infraestructura , esto no debería pasar… pero lamentablemente los grupos económicos no tienen interés en nada que no sea facturar…
    yo lo dije antes, apoyo que haya negocios “fashion”, heladerías, hoteles gay, que la vivienda se revalúe, la proliferación nocturna…pero no es progreso la destrucción de casas tradicionales, casi bicentenarias…es nuestra historia y vale!estaría bueno y acertado juntar firmas para que no demuelan una casa más, para que el gobierno de la ciudad otorgue arreglos a los dueños de casa con los frentes agrietados,, pintura, etc. y sobre todo, restringir el tránsito automotor pesado en el área que comprende el casco histórico.Un abrazo, y el mismo respeto de siempre…

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